Lo que la IA no hace

En «Me di cuenta un martes por la tarde» conté que cualquiera puede ya crearse sus recursos formativos, y que la premisa económica de nuestro sector ha muerto. En «Qué hago yo aquí ahora», que el trabajo de formación se muda de producir a curar, habilitar y decidir qué es verdad. Queda lo más importante. Lo que ninguna IA puede hacer por las personas… que resulta ser, exactamente, lo que llevábamos años sin tiempo de hacer.


Te voy a contar la parte de mi experiencia con agentes formativos que menos se parece a un caso de éxito.

Cuando llevas un tiempo leyendo las conversaciones que la gente tiene con un tutor de IA, notas un patrón que no esperabas. La gente no solo pregunta cómo hacer cosas. Pregunta cosas que en realidad son otra pregunta. «¿Cómo le digo a mi jefe que no llego?» no es una duda de comunicación: es miedo. «¿Está bien visto pedir ayuda con esto?» no es protocolo: es soledad profesional. El agente responde lo que puede, y a veces responde bien. Pero yo me quedo mirando la pantalla pensando que esa conversación debería estar teniéndola una persona con otra persona.

Y que probablemente no la está teniendo.

Hay un dato del informe de aprendizaje de LinkedIn de 2025 que confirma esa intuición mejor que cualquier anécdota: solo el 15% de los empleados dice que su manager le haya ayudado a pensar su desarrollo en los últimos seis meses. Y baja respecto al año anterior.

Junta las dos cosas. Vivimos la mayor abundancia de recursos de aprendizaje de la historia: cualquiera puede generarse un tutor en minutos. Y al mismo tiempo, la experiencia de que a alguien le importe tu crecimiento está en mínimos. Contenido infinito. Acompañamiento escaso.

Ahí, exactamente ahí, está el mapa de lo que viene.

La escasez nunca desaparece: se muda

Toda mi vida profesional, lo escaso en formación fue el contenido. Caro, lento, racionado. Organizamos departamentos enteros alrededor de esa escasez. Ahora el contenido es abundante, y la escasez —que nunca desaparece, solo cambia de sitio— se ha mudado a tres lugares. Los veo cada semana.

El criterio. Los modelos actuales fallan mucho menos que hace dos años. Eso es verdad y hay que decirlo. Pero cuando fallan, fallan con una seguridad impecable, y justo donde no tienes conocimiento para notarlo. He testeado mis agentes con baterías de preguntas trampa y he visto respuestas perfectamente redactadas y perfectamente equivocadas. Distinguir lo verdadero de lo verosímil es hoy la competencia número uno. Y no se aprende en un tutorial. Se entrena.

Las ganas. La IA resuelve espectacularmente el aprendizaje de quien ya quiere aprender. Le das el mejor tutor del mundo, infinitamente paciente, disponible a las tres de la mañana (hora a la que nadie debería estar formándose, pero ahí está, por si acaso), y esa persona vuela. Pero no puede casi nada con quien no quiere. Con quien no ve para qué. Con quien está quemado o asustado. Despertar el interés, conectar el aprendizaje con lo que le importa a cada persona… eso sigue siendo trabajo de humanos que conocen a humanos. La IA multiplica los recursos. No fabrica las ganas.

La seguridad para aprender. De nada sirve el mejor tutor si la cultura castiga el error, si nadie tiene una hora protegida, si preguntar es debilidad. Lo más valioso que puede hacer hoy una organización por el aprendizaje de su gente no se compra en ninguna plataforma: es tiempo, permiso y una cultura donde equivocarse practicando sea normal. Eso se construye despacio, con decisiones de dirección y comportamientos de mandos. Ningún despliegue tecnológico lo sustituye.

La complicación que prefiero no esconder

Antes de seguir, hay algo que complica el argumento, y no pienso barrerlo debajo de la alfombra: esta IA puede ser encantadora.

En «Me di cuenta un martes por la tarde» te conté que Claude fue el único —en años— que entendió por qué mi gato se llama Príncipe Mishkin. Que me hace reír. Que se está bien trabajando con él. Y fíjate que evito llamarlo máquina: hay una forma de razonar ahí que se parece demasiado a la inteligencia como para despacharla con esa palabra.

Esto desmonta el argumento fácil de nuestro sector, el de «la IA hace el contenido, lo humano pone la calidez». Resulta que la calidez, el ingenio y hasta la complicidad se le dan sorprendentemente bien. Si la frontera fuera el tono, ya la habríamos perdido.

Pero la frontera no es el tono. Lo que la IA no hace no es ser agradable: es que le importes. Importar de verdad, con consecuencias. Alguien que se acuerda de ti el jueves sin que se lo pidas. Alguien que se juega su credibilidad al defenderte para un proyecto. Alguien que sigue ahí cuando la conversación deja de ser agradable, que te dice lo que no quieres oír y asume el coste de decírtelo. La compañía se puede generar. El compromiso, no. Y el desarrollo de las personas está hecho, en su núcleo, de compromiso.

¿Habrá gente para quien la conversación más atenta de su semana sea con una IA? Ya la hay. No sé aún qué pensar de ello, y desconfío de quien lo tenga clarísimo en cualquiera de las dos direcciones. Lo que sí observo es que esa atención artificial no ha creado el hueco. Lo ha hecho visible. El hueco ya estaba… el dato del 15% lo llevaba años señalando.

Lo que yo no delego

Con lo aprendido este año, tengo una lista corta de cosas que no delego a la IA. Creo que ningún departamento de formación debería delegarlas.

La validación de lo crítico. Todo lo que toca seguridad, cumplimiento, salud o decisiones sobre personas pasa por revisión humana. Siempre. No como peaje burocrático: como el trabajo mismo. Un error propagado a escala por un tutor de IA no es un incidente formativo. Es un riesgo corporativo.

Las conversaciones de sentido. Una IA explica cómo. No puede decirte por qué merece la pena para ti, qué dice de tu carrera, adónde te lleva. Esas conversaciones —las del 15%— son las que hay que recuperar. Sería el fracaso perfecto: automatizar todo el contenido para seguir sin tenerlas.

La comunidad. Buena parte de lo que sabemos vive en la relación, no en el repositorio. Las comunidades de práctica, los espacios donde la gente se enseña entre sí, valen más ahora, no menos: son donde se contrasta lo que la IA dice con lo que la experiencia sabe.

Que nadie se quede atrás. Esta es la que más me preocupa y de la que menos se habla. La brecha entre quienes están aprendiendo a usar estas herramientas y quienes las dejan pasar crece cada semana, en silencio. Y hay algo que la hace especialmente injusta: la investigación muestra que la IA eleva sobre todo a los perfiles menos expertos. Es una oportunidad enorme de nivelar… pero solo para quienes la usan. Decidir que nadie se descuelga es una decisión organizativa. Ningún algoritmo la tomará por nosotros.

La bifurcación

Si la IA automatiza la mitad del trabajo tradicional de formación, queda una cantidad enorme de tiempo liberado. Y aquí está la decisión que separará a las organizaciones que salgan bien de esto de las que no. No es tecnológica. Es esta:

Opción A: el tiempo liberado se convierte en recorte. Menos equipo, misma lógica, ahora con IA. Es la opción contable. Eficiente y estéril.

Opción B: el tiempo liberado se reinvierte en lo que la IA no hace. Coaching. Mentoría. Comunidades. Conversaciones de desarrollo que hoy no ocurren. Acompañar a los managers para que ese 15% se convierta en un 50%.

La tecnología es idéntica en ambas. Lo que cambia es la idea que cada organización tiene del desarrollo de su gente: gasto a optimizar o capacidad a construir. Esa conversación va a llegar a tu empresa antes de lo que crees. Yo solo dejo constancia de que la bifurcación existe, porque la estoy viendo abrirse.

Después de meses mirando esto

Sé que la IA no ha venido a quitarnos el trabajo de desarrollar personas. Ha venido a quitarnos la excusa. Durante años pudimos confundir desarrollar personas con distribuir contenido, porque fabricar contenido llenaba todas las horas. Ya no las llena.

Sé que una persona, para crecer, necesita saber… y para eso la IA es la mejor aliada que hemos tenido nunca. Pero también necesita querer, practicar sin miedo, que alguien valide lo que es cierto, pertenecer a una comunidad que aprende. Y que, de vez en cuando, su crecimiento le importe de verdad a alguien. De todo eso, la IA solo resuelve lo primero. Lo demás sigue siendo nuestro.

Y sé que la foto de hace dos años ya no sirve para mirar lo que hay hoy.

Te iré contando lo que vea.


Referencias: LinkedIn Workplace Learning Report 2025 · Nick Shackleton-Jones, «How People Learn» · BCG Henderson Institute / HBR (2024) · Josh Bersin (2025).