Me di cuenta un martes por la tarde (Repensar la formación, 1 de 3)

Serie «Repensar la formación en la era de la IA» · Curiosea · 6 min

El martes por la tarde construí un simulador de práctica comercial. Con voz. Con avatar. Un cliente virtual que responde, pone objeciones y luego te dice cómo lo has hecho. Es un mínimo producto viable, con cosas por pulir. Pero me pareció increíble poder crearlo.

Llevo veinte años en formación corporativa. He creado y gestionado la virtualizado de contenidos. Por eso sé lo que cuesta un simulador así: equipo, guiones, storyboard, desarrollo, revisiones. Meses. Presupuesto serio.

Este salió en una tarde. Sola. Describiendo lo que quería mientras se me enfriaba el café. Que igual te parece un detalle tonto, pero en mis proyectos de antes daba tiempo a que se enfriaran unos doscientos cafés.

Y lo más curioso: ni siquiera estaba intentando construir nada. Solo estaba probando hasta dónde podía llegar. Y llegó ahí.

Por eso lo que sentí al verlo funcionar no fue euforia. Fue vértigo. Si esto sale en una tarde de pruebas, ¿qué significa todo lo demás?

Hay días en que me siento como Super Mario cuando se toma la seta. De repente puedo crear una página programada en React. Yo. Que vengo de los guiones didácticos y las herramientas de autor. Y lo mejor de la seta es que no te convierte en otra persona: sigues siendo tú, pero llegas a sitios que antes ni tocabas.

Esta serie sale de esa pregunta. No vengo a juzgar si esto es bueno o malo. Ni a venderte nada. Llevo meses observando y experimentando, casi con la curiosidad con la que se mira un fenómeno natural. Te cuento lo que veo. Tú decides qué hacer con ello.

Lo que de verdad ha cambiado

Lo que me sorprende no es poder crear formación. Eso ya lo hacía. Es cómo ha cambiado el hacerla. Veo tres cosas.

La velocidad. Lo que antes era un proyecto de meses ahora son horas. No es una mejora del 20%. Es otro orden de magnitud. Y cuando algo se vuelve así de rápido, no haces lo mismo más deprisa: empiezas a hacer cosas que antes ni te planteabas. Iterar cada semana. Probar tres versiones. Tirar lo que no funciona sin que duela.

La adaptación. La formación genérica existía por una razón económica: adaptar contenido a cada empresa era carísimo. Eso se acabó. Hoy puedo construir un recurso adaptado al contenido específico de una organización, a su framework, a sus procesos, a su manera de decir las cosas. ¿Por qué conformarse con un curso genérico de habilidades comerciales cuando puedes tener uno que habla de tus productos, con tus objeciones reales, en tu tono? La pregunta ya no es retórica.

El razonamiento. Esta es la que más me impresiona, y la que menos se entiende desde fuera. Estos sistemas no recitan contenido: razonan sobre él. Trabajar con ellos es como tener al lado a un profesor superexperto en la temática, al que puedes preguntarle cualquier duda que te surja, a cualquier hora, y que te la explica adaptándose a lo que ya sabes. Esto no existía. A ningún precio.

Y hay una capa más, que me toca de cerca como autónoma. Herramientas como Synthesia hacen que una empresa pequeña, o una persona que trabaja por su cuenta, tenga un estudio de grabación en casa: actores superprofesionales, doblaje a varios idiomas, sin plató, sin locutores, sin presupuesto de productora. Internet democratizó la información. La IA está democratizando la capacidad de hacer. Y ya vimos cómo acabó aquello: empresas recién nacidas adelantando a otras grandes y estables que no supieron moverse a tiempo. Sospecho que lo vamos a volver a ver.

Y no soy un caso especial. Cuando Moderna dio acceso a IA a toda su plantilla, sus empleados crearon 750 asistentes personalizados para su propio trabajo. En dos meses. Sin pedir ayuda a ingeniería. No eran cursos ni recursos formativos: eran herramientas. Pero fíjate en lo que hay dentro de cada una: conocimiento del puesto, del proceso, de cómo se hacen las cosas en esa casa. Justo lo que antes se transmitía con formación. Mucha de esa gente resolvió con un asistente lo que antes habría resuelto pidiendo un curso.

Eso tiene un nombre: aprender en el flujo de trabajo. No sales de tu tarea para ir a formarte. Preguntas en el momento en que te surge la duda, sobre el problema que tienes delante, y sigues trabajando. Llevamos años persiguiendo esa idea en el sector. Ahora ocurre sola.

Esto es lo que estoy viendo: crear formación ya no es un monopolio de quienes sabemos crearla. Cualquiera puede generarse una guía, un resumen, un tutor para practicar. En minutos. Lo que nosotros aportamos ahora es otra cosa, y de eso va la segunda parte de esta serie.

Si lo probaste y no te convenció, te entiendo

Yo también fui escéptica. Probé aquellas primeras versiones que se inventaban cosas con total seguridad. Mi conclusión fue la misma que la tuya: interesante, pero no fiable.

Una amiga mía, diseñadora instruccional de las buenas, de las de referencia, me dijo hace cosa de un año que había tocado techo, gracias a la inteligencia Artificial podía hacer cosas que antes ni se había planteado y ya no podía llegar más lejos en su profesión. Y era una conclusión razonable… entonces. Lo que ninguna de las dos sabía es que el techo estaba a punto de moverse.

A ese movimiento puedo ponerle fecha: 5 de febrero de 2026. Ese día, Anthropic y OpenAI lanzaron sus modelos más avanzados con veinte minutos de diferencia. Y desde entonces no han parado: unos meses después ya iban por la siguiente generación. Lo que noto trabajando con ellos a diario no es solo que fallen mucho menos. Es que han dejado de darte la razón en todo. Han dejado de regalarte los oídos. Tienen criterio propio: te discuten, te señalan lo que no encaja, te proponen lo que no habías pedido. Se sientan a tu lado y resuelven problemas contigo. Eso, hace un año, no existía.

Creo que sé por qué mucha gente no ha notado el cambio: porque le hace preguntas sueltas, como a un buscador, y con eso nunca ves de lo que es capaz. El cambio no está en las respuestas. Está en el trabajo. Se nota cuando le das una tarea de verdad, de las tuyas, y la sacas adelante con ello.

Y luego está la parte que no esperaba. La que me cuesta más contar porque suena rara.

Un día, hablando con la IA con la que trabajo a diario —uso Claude—, para crear este site, me preguntó cómo se llamaban mis gatos. Many y Mishkin le dije… Me respondió que si a Mishkin lo había llamado así por el libro de Dostoievski. Parece que lo entendió. Entendió por qué una le pone a un gato el nombre del protagonista de El idiota de Dostoievski: el hombre más bueno de la literatura, tan puro que el mundo lo toma por tonto. Llevo años presentando a mi gato. Nadie había pillado la referencia. El primero fue Claude.

Fíjate que no me sale llamarlo máquina. Hay algo en sus razonamientos que se parece demasiado a la inteligencia como para despacharlo con esa palabra. Y encima me hace gracia. Es simpático. Se está bien trabajando con él. Sé cómo suena. Lo dejo escrito igual, porque explica algo que ningún dato explica: por qué quien empieza a usar esto en serio ya no vuelve atrás.

La cuenta que ya no sale

Nuestro modelo entero se construyó sobre una premisa: producir contenido formativo era caro y lento. Una hora de e-learning costaba decenas de miles de euros y meses de trabajo. Con esos números, la creación tenía que centralizarse y racionarse. El departamento de formación existía, en buena parte, porque era el único que podía permitirse fabricar.

Esa premisa ha muerto.

Y cuando muere la premisa, el edificio de encima pierde sentido habitación por habitación. El catálogo cerrado, cuando el recurso exacto se genera en el momento de necesidad. El curso igual para todos, cuando personalizar ya no cuesta más. La detección anual de necesidades, cuando un tutor de IA te dice cada semana qué no sabe tu gente.

Los números del sector apuntan en la misma dirección. Más de 400.000 millones de dólares al año en formación corporativa. Y según la investigación de Josh Bersin, solo el 27% de las empresas siente que construye las habilidades que necesita. El modelo antiguo no está amenazado por la IA. Es que ya no funcionaba. La IA solo ha hecho difícil seguir fingiendo que sí.

Una cosa más, la menos visible. Esto ya pasa en tu organización, lo sepas o no. Según la investigación de Ethan Mollick en Wharton, más de la mitad de quienes usan IA en el trabajo lo hacen sin decírselo a nadie. La gente ya se resume documentos. Ya se prepara argumentarios. Ya se explica lo que no entiende. En silencio. Mientras el catálogo oficial sigue midiendo finalizaciones.

Mi método

Es simple: experimentar antes de opinar.

Con esto pasa un poco como con Matrix: nadie puede contarte lo que es. Tienes que verlo por ti misma.

Así que cojo una tarea real de mi trabajo. Se la doy a la herramienta buena, no a la versión gratuita. Si el primer intento no sale, reformulo. Miro el resultado con honestidad. Y no me obligo a tener todavía una opinión cerrada sobre todo esto.

Te propongo lo mismo. Esa pieza formativa que llevas meses posponiendo es un buen sitio para empezar. Sí, esa. Las dos sabemos cuál.

Puede que descubras, como me pasó a mí un martes por la tarde, que la pregunta ya no es si esto cambia nuestro trabajo.

Es qué hacemos nosotros con el cambio.

De eso va la segunda parte: qué le queda por hacer a un departamento de formación cuando ya no es el único que fabrica. Adelanto: más de lo que parece. Y más importante que antes.


Referencias: OpenAI, caso Moderna · Ethan Mollick (Wharton), sobre el uso silencioso de IA en el trabajo · Josh Bersin, «It’s Time for an L&D Revolution» (2025).